Dardos de Noam Chomsky
Tiempo Argentino, 18.10.2012
Es normal que los
vencedores arrojen la historia a la basura, como lo es que las víctimas
insistan en rescatarla", escribe Noam Chomsky en Ilusionistas. Se trata de
su último libro –que se editó en español antes que en inglés–, publicado por la
editorial madrileña Irreverentes, con traducción del escritor uruguayo Jorge
Majfud.
A sus 83 años, el lingüista y
filósofo estadounidense mantiene la visión nítida que lo convirtió en uno de
los pensadores más importantes del último siglo. En este libro realiza una
crítica constructiva a la sociedad actual y busca alternativas para seguir
creyendo en la posibilidad de un futuro libre. Como respuesta complementaria a
los "indignados", Chomsky apuesta por los "ilusionistas",
no sin antes criticar a su país. Considera que en los Estados Unidos "las
elecciones son más o menos compradas, y los compradores esperan ser
recompensados". En un tramo del texto escribe: "La victoria del
presidente Obama se debe, en gran parte, a la gran afluencia de capital de las instituciones
financieras (...) Esperaban ser recompensados por ello. Y lo fueron (...) por
lo que el primer acto de Obama fue seleccionar a un equipo económico, compuesto
casi por completo por aquellos mismos que habían provocado la crisis económica",
afirma.
02.12.2012, entrevista exclusiva al filósofo estadounidense
Chomsky y el papel de las empresas
recuperadas
Noam Chomsky
analiza los medios y la izquierda, habla de esta nueva América Latina y del
movimiento Occupy.
Por: Javier Borelli
Noam Chomsky sabe incomodar. Nació en Estados Unidos y es un persistente
crítico de su gobierno y su sociedad. Fue criado en el seno de una familia
judía exiliada de Ucrania pero eso no le impide cuestionar ciertas políticas
del Estado de Israel. Precisamente por su espíritu insurrecto y sus agudos
comentarios es considerado uno de los intelectuales más influyentes en el mundo
contemporáneo.
Su apellido resonó por primera vez con fuerza hace 55 años cuando en su
curriculum sólo se destacaban sus estudios en Lingüística. Su libro Estructuras
sintácticas marcó un hito en la materia y sus contribuciones incluso inspiraron
aplicaciones en la Informática y la Medicina. Desde entonces, su fama se fue
incrementando a la par que su curiosidad lo llevó a incursionar en otras
disciplinas. Hoy, con 83 años, más conocido como filósofo y cientista político,
Chomsky sigue rebelándose hasta a la jubilación y prodiga una incansable
hospitalidad a los periodistas que hacen cola para conocer sus opiniones.
En una pequeña mesa redonda donde se apilan libros, fotocopias y cuadernos,
Chomsky recibe a Tiempo Argentino con una amigable sonrisa y un té en la mano. Entre los
papeles de su oficina ubicada en el octavo piso del Massachusetts Institute of
Technology, más conocido en la jerga académica por sus siglas MIT, sobresale un
anillado con el título "What then must we do?" (¿Qué debemos hacer
entonces?), escrito por Gar Alperovitz. Su presencia cobrará sentido a lo largo
de la conversación cuando recomiende su lectura para entender uno de los hechos
"revolucionarios" más importantes que están pasando en EE UU: el
movimiento de empresas recuperadas. A propósito de ello, Chomsky recordará que
"algo de esa iniciativa, de hecho, vino de la Argentina post
colapso".
Las primeras palabras de la conversación pasan inevitablemente por Gaza, ciudad
de donde volvió justo antes de que Israel lanzara la última ofensiva. Allí
recorrió los hospitales que todavía hoy aparecen en todos los noticieros y
comprobó los problemas que tienen los médicos para conseguir medicamentos.
Chomsky aún recuerda que uno de los que conoció en su viaje es el que se
popularizó en las portadas de los diarios alrededor del mundo, sosteniendo
entre brazos a un niño muerto. A 9000 kilómetros de
allí, el filósofo ahora sigue atento las discusiones en la arena diplomática.
Aunque la situación en Medio Oriente tenga hoy el primer lugar en la agenda
informativa, Chomsky también ha estudiado con profundidad la historia de
América Latina y ha escrito recurrentemente sobre la región en los últimos
tiempos. Es que desde principios del siglo XXI sus países se han levantado
"por primera vez en 500 años ante la dominación occidental y de EE
UU", explica. "También han estado moviéndose despacio pero
significativamente hacia la unificación y muy lentamente se han ocupado de
algunos asuntos internos muy extremos", agrega antes de analizar lo que
puede esperarse de las relaciones entre Latinoamérica y EE UU en el segundo
gobierno de Barack Obama.
"Todos estos desarrollos muy positivos para América Latina a EE UU no le
gustaron. Además, prácticamente lo empujaron de las bases militares que le
quedaban en la región.
Luego, en las reuniones hemisféricas quedó bastante aislado,
como sucedió en Cartagena hace unos meses, cuando EE UU y Canadá quedaron
contra el resto del hemisferio en los asuntos más importantes. Y, de hecho, si
hay otra reunión continental no me sorprendería que EE UU y Canadá queden
excluidos. Ante esto, lo que EE UU ha estado intentando hacer con Obama es
reconstruir la posición de influencia y control. En Honduras, por ejemplo,
Obama ha logrado llevar adelante un golpe de Estado.
En Paraguay, no conocemos los detalles, pero supongo que Estados Unidos está
detrás de la destitución de Lugo también. En Chile, EE UU está trabajando por
debajo del radar, desarrollando relaciones militares para poder restablecer
bases y esencialmente, si no restablecer el viejo sistema, al menos volverse
más fuerte. Aunque no creo que funcione."
–¿Hasta qué punto el desarrollo de
los países de América Latina tiene que ver con que Estados Unidos ha estado
concentrado en otros temas?
–Cuanta menor atención preste EE UU al continente, mejor para este último. Pero
no se debe dar por sentado que eso haya ocurrido. De hecho, creo que ha estado
prestando bastante atención. Cuando algo pasa en América Latina, EE UU está
allí. En los '80 estuvo muy activo en Centroamérica. En los primeros años de
las dictaduras sudamericanas, EE UU apoyaba a todas. En Argentina, por ejemplo.
En los '90, América Latina estaba bastante bajo control con la estructura de
los programas de ajustes, por lo que EE UU no tuvo que hacer mucho. Pero en la
última década, EE UU ha sido empujado afuera y ha tratado con mucho ahínco de
reconstruir su posición. Creo, en definitiva, que trata de aplicar más o menos
la misma política que antes, pero tiene menos capacidad para implementarla.
–Varios de los gobiernos de América Latina que han sentado una posición más
dura en su relación con Estados Unidos también se han enfrentado a las
corporaciones mediáticas y han promovido nuevas medidas para regular el poder
de los medios. ¿Cómo analiza eso?
–La situación de los medios en América Latina es prácticamente un escándalo.
Están enormemente centralizados, en control privado, son muy reaccionarios y
muy dañinos para los países. Dan una imagen muy distorsionada del mundo. Sin
embargo, no creo que la respuesta correcta sea que los gobiernos los
constriñan, sino que ayuden al surgimiento de alternativas comunitarias. En
cierto punto eso ha comenzado a hacerse en Venezuela. Por otro lado, cuando
ocurrió allí lo del canal RCTV, que no fue cerrado pero sí empujado al cable,
escribí que acordaba con las protestas occidentales y también con el hecho de
que algo así no podía suceder en EE UU. Pero agregué algo que lo hizo
impublicable aquí. No puede pasar en este país por una buena razón: si algo así
pasara acá, si la CBS, por ejemplo, apoyara un golpe de Estado contra el
gobierno y después de unos días ese golpe hubiera sido revertido, no habría
ningún juicio a los directivos y la cadena no seguiría transmitiendo.
Simplemente, los dueños y directivos de esa estación serían asesinados por una
escuadra especial sin juicio previo.
–¿Cree que el enfrentamiento abierto entre los gobiernos y los medios
concentrados ayuda a concientizar a la gente acerca de los intereses detrás de
los medios?
–En la mayor cantidad de países, los gobiernos apoyan a los medios
concentrados. Y en las ocasiones en que eso no es así, creo que la mejor forma
de responder no es poniendo presión, sino desarrollando alternativas, que es
algo que el gobierno puede hacer. Algo así se está queriendo desarrollar acá en
una pequeña medida. Por ejemplo, cuando el sistema de cable apareció en EE UU a
inicios de los '70, el Congreso aprobó una ley que impedía a las compañías de
cable tener monopolios en algunas áreas particulares. Por ejemplo en la zona
donde estamos, Cambridge. Cualquier red de cable que quisiera operar aquí debía
incluir una señal comunitaria. Es una gran falla de la izquierda de EE UU que
no aprovechen esta oportunidad. Acá hay una estación de la comunidad y si vas
ahí te sorprendería ver que el equipo es bastante bueno. No es CBS, pero es
mejor que otros en poder de movimientos políticos. Y muchas veces están
dirigidos por lunáticos porque la izquierda no los usa. Llegan a mucha gente y
podría ser usado como una base alternativa de medios.
–¿Qué es lo que les falta a los grupos de izquierda para sacar partido de esa
posibilidad?
–Eso es lo que he estado discutiendo durante 40 años. Tienen muchas críticas
sobre los medios que están justificadas, pero hay muy poco trabajo en tratar de
crear alternativas. Y puede ser hecho, como pasó con Democracy Now, que
funciona. Pero si los grupos de izquierda usaran esas posibilidades que están a
mano, podrían hacer más cosas. Hay mucho para hacer.
–Y no sería importante sólo el contenido, sino también la forma en que se lleva
a cabo…
–Estuve una vez en Brasil, antes de que Lula fuera elegido presidente, y una
tarde él me llevó a los suburbios de Río, donde vi algo muy interesante de los
medios populares que no sé si todavía funciona. Lo que pasaba era que un grupo
de profesionales de los medios de Río iba a una plaza en el medio de una ciudad
a las nueve de la noche, prime-time, y ponían un camión con una pantalla. Allí
pasaban programas que eran sólo para la gente que estaba sentada en la plaza o
en los bares de alrededor. Los contenidos habían sido escritos por gente de la
zona, actuados por ellos y eran interesantes. No podía entender todo lo que
decían, pero sí me daba cuenta de que algunos eran comedia, otros eran más
serios y hablaban sobre la crisis de la deuda o sobre el HIV, por ejemplo.
Después de los programas, una de las actrices iba con el micrófono y una cámara
a pedirle un comentario a la gente que los había visto. Esas opiniones eran
pasadas en la pantalla gigante y otra gente se sumaba. Generaba interacción
comunitaria y esa gente no miraba la televisión prime-time, sino que prefería
mirar eso. Todo estaba hecho por la comunidad salvo el equipo, que venía de la ciudad. Cosas como
esas pueden ser hechas.
–Procesos políticos como la Primavera Árabe, el movimiento Occupy o el de
indignados han conmovido sociedades con sus planteos. ¿Cree que estos grupos
tienen potencial revolucionario?
–Creo que son importantes, pero hay muchas otras cosas también revolucionarias
que están sucediendo. Por ejemplo, los desarrollos comunitarios y el trabajo en
empresas. Algo de esa iniciativa, de hecho, vino de la Argentina post colapso.
Gar Alperovitz trabaja sobre ello y cuenta de lugares como en Cleveland, donde
hay una red de empresas cuyos propietarios son sus propios trabajadores. Cooperativas
que empiezan a establecer vínculos a nivel internacional con otras empresas en
España. Hoy eso está en varios lugares del país y es revolucionario. No sé si
se alcanzará una escala como para cambiar la sociedad, pero es una de las cosas
más importantes que están pasando.
–Una joven española que participó del movimiento de indignados en España decía
que admiraba la experiencia de Occupy Wall Street porque en su país reclamaban
por derechos que habían perdido y en EE UU por derechos que nunca tuvieron…
–Es que aquí se pelea por los derechos de otras personas. Ninguno de los que están
en el movimiento Occupy y pasan el tiempo en el parque Zuccotti es pobre. Todos
tienen, al menos, un plato de comida en la mesa y no vienen de los barrios más
desventajados. Esa gente no tiene tiempo para estas cosas. Sin embargo, creo
que están logrando llamar la atención de los medios en muchos aspectos. Los
hechos que Occupy trajo se pusieron en el centro de la agenda nacional. Antes,
se hablaba muy poco de la desigualdad, del fraude bancario, de la compra de las
elecciones. Estas cosas ahora están siendo discutidas. De hecho, el slogan de
"somos el 99% versus el 1%" se puede leer en la prensa de negocios y
todos hablan de ello. Además, están haciendo cosas. Por ejemplo, con el huracán
Sandy de hace un par de semanas, los primeros en salir a ayudar fueron los
chicos de Occupy. También están ayudando a la gente que está siendo desalojada
de sus hogares por los bancos: los apoyan para resistir el desalojo o van a la
Corte a protestar. Por eso, puede transformarse en algo muy constructivo. De
hecho, creo que lo más importante que hicieron, que la mayoría de la prensa no
lo reconoce y nadie habla de ello, es que rompieron la atomización de la sociedad. Esta es
una sociedad en la que la gente esta sola. Es casi sociopático. La gente no se
junta para hablar, quedan atrapados en la televisión, en el consumo de bienes.
Pero Occupy reunió a la gente, los puso a hacer algo cooperativamente. Abrió un
espacio de discusión, interacción. La gente está aprendiendo a hacer cosas
juntos y eso es muy importante y, en especial, en una sociedad como esta. Si
dura, puede ser importante para inspirar a más grupos.
–¿Piensa que de este movimiento puede derivarse un cambio más profundo en la
sociedad?
–Es uno de los tantos lugares. Hay muchas cosas que pasan en el país. Esto fue
una especie de chispa y se puede ver. Se pudo ver en el hecho de que el día
después de Zuccoti había movimientos Occupy en todo el país y, de hecho, en
otras partes del mundo. Y ha pasado sólo un año, no se puede decir más, pero ha
sido muy exitoso. Y si se pueden asociar a otros movimientos, como el de
empresas recuperadas, puede ser muy interesante.
Una mirada a las redes sociales
La oficina de Noam Chomsky está repleta de libros. Entre dos escritorios en
forma de letra L que ocupan dos de los laterales de la habitación, apenas hay
un espacio libre para algunos portarretratos familiares. No sorprende que
Chomsky admita no mirar mucha televisión y que se informe a partir de
"toneladas de lectura". "Leo la prensa nacional, la prensa de
negocios, la
internacional. Un sinfín de periódicos con un amplio espectro
de perspectivas, incluso conservadoras", describe. El cronista confiesa
entonces que antes de la cita revisó sus datos biográficos en Wikipedia.
"Yo uso Wikipedia para algunas cosas. Si quieres saber sobre matemática o
historia medieval, está bien. Pero si es algún tema contemporáneo y
controversial, entonces hay que ser muy cauteloso."
–¿Y las redes sociales?
–No tengo una opinión porque estoy fuera de moda. La gente me dice que tengo
una cuenta de Facebook, pero no la abrí yo.
–Le atribuyen un rol importante en la Primavera Árabe.
–Acá también tienen un rol importante. Cualquier grupo activista anuncia lo que
hace en las redes sociales para sumar gente a sus actividades. Eso está bien,
no tengo ninguna objeción contra ello. Pero lo más que hago es leer blogs
ocasionalmente. Creo que es una gran cosa que cualquiera pueda decir lo que
quiera en Internet, pero significa que el 99% son cosas sin importancia.
–Se suele criticar que afecta al periodismo acelerando los procesos y
contribuyendo a la pérdida de análisis y chequeo de datos…
–Por eso leo los diarios y no las redes sociales. Pero algo interesante sucedió
en la Primavera Árabe. En un punto (el presidente de Egipto Hosni) Mubarak
cerró Internet. La interacción creció porque en vez de twitear la gente hablaba
entre sí y la organización iba más rápido. Es decir, acelera las cosas pero
tampoco tanto.
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La libertad de los campesinos y de los obreros les pertenece y no puede ni debe sufrir restricción alguna. Corresponde a los propios campesinos y obreros actuar, organizarse, entenderse en todos los dominios de la vida, siguiendo sus ideas y deseos. (Ejercito Negro Makhnovista, Ucrania, 1923).