jueves, enero 26, 2012

Noticias del Frente Ecologico 099




Mujeres invisibles



Por Tahira Vargas (tahiravargas@yahoo.es), Acento, 17 de enero del 2012

Nuestro país es uno de los países de América Latina con mayores niveles de desigualdad con relación a su crecimiento económico según se plasma en el último Informe Regional de Desarrollo Humano.

En los hogares de estratos medios se encuentra una mujer que sufre la desigualdad cotidianamente y que resulta invisible para la sociedad, esta es la trabajadora doméstica.

Las trabajadoras domésticas no se incluyen en la estructura familiar aún cuando forman parte de las relaciones primarias en su interior y son responsables del cuidado y crianza de niños y niñas. En muchos casos se puede ver a las trabajadoras domésticas en las plazas comerciales los fines de semana cuidando a niños y niñas.

Muchos/as niños y niñas manejan el vocabulario y las costumbres de los estratos pobres por el aprendizaje que internalizan de las trabajadoras domésticas creciendo así en la dualidad de dos culturas que se contraponen.

La presencia de las trabajadoras domésticas en los hogares de estratos medios genera unas relaciones internas con la mezcla entre familiaridad y discriminación social.

La trabajadora doméstica no recibe el trato de “empleada” en tanto sus horarios y salarios no están regulados sino que varían en cada hogar según las decisiones que tengan los/as jefes/as de hogar sobre ello.

Las trabajadoras domésticas no están conscientes de sus derechos para reclamar mejores condiciones salariales. La pobreza y la marginalidad que viven afecta esta posibilidad, muchas mujeres de los barrios y campos del país no tienen oportunidades para sostener económicamente a su familia y para su desarrollo, la única opción es emigrar a trabajar en casa de familia o movilizarse desde sus barrios hacia los residenciales de estratos medios.

En la presencia de las trabajadoras domésticas en el hogar encontramos un continuo roce de relaciones de desigualdad social que se expresan en su exclusión para compartir espacios como la comida en la mesa y los espacios de fiesta-encuentro familiar. Las expresiones de discriminación se explicitan también en el lenguaje con el uso de términos despectivos como “chopa” o “sirvienta”. En algunos casos se produce abuso sexual de hombres miembros del hogar hacia trabajadoras domésticas y se mantienen ocultos.


Las trabajadoras domésticas al interior de los hogares sufren la negación de sus derechos sexuales y reproductivos porque se les niega la posibilidad de que tengan parejas en los casos en que duermen en la residencia de sus patrones y muchas veces son violadas y acosadas sexualmente por los hijos o por el jefe del hogar y no denuncian estas violaciones y acoso sexual.

El miedo y el ejercicio desigual del poder genera situaciones continuas de violaciones a los derechos de estas mujeres y su silencio e invisibilidad se expande y se reproduce continuamente.
La presencia de las trabajadoras domésticas en hogares de estratos medios y altos genera una reproducción de los roles tradicionales de género en su interior que se extienden de mujer a mujer. El hecho de que las mujeres estén insertas en el mercado laboral no ha generado cambios al interior de las familias en la redistribución de los roles domésticos, el hombre se resisten a asumir las responsabilidades de labores domésticas y cuidado de sus hijos e hijas que le corresponden como parte del hogar. Las mujeres para insertarse en el mercado laboral tienen que integrar a otra mujer de estratos pobres que asuma estas labores.

La presencia de las trabajadoras domésticas reproduce al interior de los hogares de estratos medios y altos las relaciones de inequidad social y de género en la cotidianidad.

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“Tenemos una responsabilidad ineludible: desarrollar otra manera de vivir” (extracto)



Porque mataremos y nos mataran en el siglo XXI



“La violencia en este siglo tiene mucho futuro”, escribe Harald Welzer en Guerras climáticas. Por qué mataremos (y nos matarán) en el siglo XXI (Katz). Nacido en Hannover en 1958, estudió sociología, psicología y literatura; actualmente dirige el Center for Interdisciplinary Memory Research, en Essen, y es profesor investigador en la Universidad de Witten-Herdecke.

"Este siglo será testigo no solo de migraciones masivas, sino de la resolución violenta de problemas de refugiados, de guerras por los recursos”. Ya sea por catástrofes naturales, o por iniciativas de las propias sociedades, las grandes masas de seres humanos desamparados se imponen como una marca trágica de nuestro presente. “Una de las características principales de la violencia consiste en su esfuerzo por delegarla lo más lejos posible”, apunta Welzer. Lo que ha cambiado hoy es, sin embargo, eso: ya no hay afuera, vivimos en un mundo globalizado.

En Guerras climáticas, Welzer consigue entretejer distintas reflexiones teóricas con bruscas irrupciones de la realidad. Su punto de partida es mostrar cómo los problemas exigen soluciones solo cuando se perciben como amenazas. Y es que cuando se trata del cambio climático lo que ocurre es que, de manera general, solo se concibe como un asunto secundario, lejano; algo que todavía no resulta verdaderamente problemático. “En las próximas décadas muchas sociedades entrarán en un colapso determinado por el clima”, pero “nadie cree realmente que eso vaya a suceder”. Esa ceguera se produce por “la complejidad de las cadenas de acciones modernas” y por la “inimputabilidad de las consecuencias de esas acciones”.

Todo camina hacia el desastre, pero nadie se siente concernido, responsable de ese desastre.
Con ese panorama como referencia, tuvo lugar en Madrid esta conversación con Welzer, un pensador atípico y radical. “Fuimos los occidentales los que inventamos este modelo –dice–. Nos toca a nosotros desmontarlo”.

El modelo de sociedad en el que vivimos desde hace casi doscientos años ya no funciona, está a punto de caducar, dice. Con la globalización no hay un espacio exterior que pueda sostener el crecimiento de la otra parte del mundo, no hay ya otros lugares que puedan explotarse.

Guerras climáticas empieza con una cita de El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad, donde se muestra al desnudo la crueldad de la colonización. ¿Es necesario volver a mirar aquel proceso para entender lo que está pasando?

A finales del siglo XIX y a principios del XX se produjeron los últimos procesos de colonización y conviene no olvidar que las democracias occidentales se apoyan en una historia de exclusión, limpieza étnica y genocidio. La explotación directa produjo violencia directa. Después los mecanismos de violencia se fueron camuflando y el poder se ejerció desde lejos.

Su libro comienza recurriendo a la imagen de un barco que sirvió para el comercio de esclavos y que ha quedado varado en medio del desierto, en la costa de Namibia. El nombre del barco es Eduard Bohlen y resume esa historia de ignominia. Los colonizadores no solo se llevaron a los esclavos: para derrotar a las tribus locales, asesinaron a mujeres y niños, dejaron morir de sed a poblaciones enteras, crearon campos de trabajos forzados...

Nuestro modelo de sociedad no tiene más de doscientos años, y en ellos ha alcanzado unas cotas de desarrollo como nunca se habían visto. Por eso miramos hacia atrás con una actitud compasiva hacia todas esas culturas y civilizaciones que no consiguieron sobrevivir. Lo que se nos olvida es que muchas de ellas duraron siglos.

El mundo, tal como lo entendemos, se está yendo a pique. El cambio climático es la llave para entender sus desafíos. Si no hay respuestas concretas de los ciudadanos ante los nuevos problemas, la salida es cada vez más incierta.

La gran cuestión que Welzer plantea es si somos conscientes de lo que sucede. Hacia el año 520 d.C., Constantinopla y otras ciudades sufrieron los efectos devastadores de varios terremotos, entre otras catástrofes. Pero la gente no pareció demasiado alarmada.

Veinte años después, en el 540 d.C., el Imperio volvió a sufrir distintas catástrofes. Esta vez la reacción de los lugareños fue extrema: el pánico, el miedo y la alarma estallaron de manera fulminante y dramática.

¿Qué había pasado para que se produjera un cambio tan drástico, esa manera tan distinta de percibir y enfrentarse a las cosas? Siguiendo a Mischa Meier, el gran historiador de la Antigüedad, cuenta que hacia el año 500 d. C., la gente esperaba el fin del mundo y estaba preparada para lidiar con los efectos del Apocalipsis. Unos años más tarde, en cambio, las desgracias no parecían responder a causa alguna, no se contaba con ellas. “Las catástrofes no son simplemente sucesos dados, sino que depende precisamente de la impresión y la interpretación de los afectados el que se transformen en amenazas, o no”. Pasa también ahora.

Frente a los efectos de los cambios provocados por las emisiones constantes de gases de efecto invernadero, ¿hay muchas perspectivas de salida?

El cambio climático está modificando radicalmente nuestro mundo, y es inevitable que las poblaciones reaccionen por pura necesidad de supervivencia. Recurrir a la violencia no puede ser la única opción. Hay otras alternativas: si son conscientes de su situación privilegiada, las sociedades occidentales pueden buscar otras formas de enfrentarse a estos problemas. Esos cambios pueden abrir nuevas perspectivas, pueden explorarse otras posibilidades.

Son muchas, y variadas, las causas que se encuentran detrás de los distintos conflictos que se están produciendo en este momento en el mundo. Llama la atención que, por primera vez, la ONU haya bautizado una de estas guerras como guerra climática.

Los problemas en Darfur proceden del cambio climático: la falta de lluvias provoca escasez de agua y las sequías terminan por devastar el suelo. Así, los que se enfrentan en esa terrible guerra están peleando, en realidad, por recursos básicos. La guerra de Darfur se explica en función de conflictos étnicos cuando lo que hay detrás es más relevante y se trata, simplemente, de una vieja disputa por recursos que son escasos.

Lo que Welzer va mostrando es cómo finalmente el ser humano tolera esa brutal violencia, cómo la justifican sus perpetradores, cómo terminan diluyéndola en una responsabilidad lejana que sostiene sus argumentos en el trabajo doloroso que no se tiene más remedio que hacer.
Welzer se ocupa de las brutalidades de los nazis, pero también analiza otras situaciones de extrema violencia, donde los que se vieron empujados a cometer crímenes horribles se justifican recurriendo a una interpretación distorsionada de la realidad.

En su libro analiza distintas matanzas, y se pregunta cómo es posible que aquellos que habían convivido como vecinos sean capaces de matarse unos a otros.

En la brutal matanza que los hutus perpetraron contra los tutsis en Ruanda pudo haber un trasfondo de escasez: de nuevo el problema de los recursos. Y es que cuando hay una tensión latente basta cualquier excusa para desatar una carnicería. Ocurre en todas partes.

Si la violencia no siempre es la respuesta a los problemas de escasez, ¿por qué hay lugares y situaciones en las que emerge lo peor del ser humano?

Esa amenaza siempre está ahí. Y se llegan a hacer cosas que nadie hubiera imaginado ser capaz de hacer. La Alemania de 1933 era un país muy desarrollado, con un nivel educativo muy alto. Si entonces se hubiera preguntado a sus habitantes acerca de lo que ocurrió después, la respuesta al despliegue de la violencia programada y devastadora que puso en marcha el Tercer Reich hubiera sido “no”. Cuando se pone en marcha un genocidio, al poder que agita las matanzas no le resulta difícil reclutar voluntarios.

En su libro sostiene que esos cambios imprevisibles van a producirse en distintos lugares a causa de fenómenos que tendrán que ver, de una manera u otra, con el cambio climático. ¿Luchar contra ese problema es, entonces, el desafío más importante en este momento?

No solo hay que hablar de cambio climático. Están las emisiones de dióxido de carbono, pero está también todo lo demás: la sobreexplotación de recursos que termina por acabar con la pesca, con la biodiversidad, con el suelo… Lo que no sirve ya es el modelo de sociedad. Y si fuimos nosotros los que lo creamos, nos toca a nosotros desmontarlo. A cada uno de nosotros. Hace falta cambiar de enfoque, desarrollar otra manera de vivir, otra economía, otra manera de mirarnos. Es una responsabilidad ineludible. Mientras vivamos en un mundo que se sostiene en la explotación de los recursos que están fuera de nuestras fronteras, a la manera colonial, estamos explotando el futuro de otros. Un futuro que, en un mundo cada vez más global, es también nuestro futuro.

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El Gran Miedo




Blog de JAVIER MALAGON, 15 enero, 2012

En 1789, a causa de la carestía de alimentos y de la injusticia reinante, tuvo lugar en Francia un fenómeno social, sobre todo campesino, al que los historiadores denominaron El Gran Miedo y que, entre otros efectos, contribuyó a la caída del feudalismo.

Me pregunto si a la época actual no se la debería llamar de forma parecida.

Porque vivimos con miedo a no poder pagar las hipotecas y a que los bancos se queden con nuestra casa; miedo a perder el puesto de trabajo y no volver a encontrarlo; miedo caer en la indigencia; miedo a que nuestros hijos no encuentren empleo y se tengan que marchar del país; miedo a (todo)…; y, espero equivocarme, si se desencadena la guerra con Irán pronto volverá -y no sin razón- el miedo al holocausto nuclear.

Se trata de un miedo estructural. Este tipo de miedo no es fruto de un acontecimiento brutal que llega de forma inesperada, sino de una lluvia fina de informaciones que nos cae encima desde que nacemos, que nos empapa casi sin que nos demos cuenta y que nos cala hasta los genes; un miedo que se nos transmite a lo largo de la vida a través de los medios de comunicación y que se replica y redistribuye a través de la familia, la escuela, los amigos, la vecindad, los compañeros de trabajo….

Es un miedo que consumimos a menudo como entretenimiento y por el que, incluso, pagamos. Es un miedo sin el que, muchas veces, no sabemos vivir o nos sentimos incómodos (porque tener miedo facilita delegar en otros, en los fuertes, en los seguros de sí mismos, en los que saben… la posibilidad de salvación).

¿Es el miedo un factor psicológico consustancial al modelo económico capitalista, especialmente en la época de la globalización neoliberal? Creo que la respuesta es afirmativa y que es, en esencia, el miedo a no poder apropiarnos para nuestro beneficio de los bienes escasos de los que, supuestamente, depende la felicidad y por los que hay que pagar a quienes son sus propietarios.

Los movimientos especulativos del Capital financiero no son solo producto de sujetos y organizaciones sin escrúpulos -que también-, sino consecuencia de una lógica competitiva según la cual lo que no ganes para ti, lo hará otro para él y tu te convertirás en un perdedor porque el otro se quedará con todo o con la mayor parte.

Dicen algunos sociólogos que en España no se levantan barricadas en las calles porque la economía sumergida y la familia constituyen un importante colchón que amortigua los efectos del desempleo. Sin embargo, me pregunto si no será el miedo también un factor explicativo de esta parálisis. No es para menos, nuestra historia es rica en quiebras de la convivencia social que dejaron muchos muertos en las cunetas.

De hecho, el mensaje que estamos recibiendo es muy claro: si oponemos resistencia, si nos aceptamos las reformas que los mercados financieros nos exigen, todo será peor y cuanto peor, más duras e impopulares tendrán que ser las medidas.

Por tanto, debemos confiar en nuestros gobernantes, que son los que saben lo que hay que hacer, aunque se resistan a decírnoslo hasta el último momento, para evitar que no les votemos o que nuestras reacciones les impidan hacerlo con mayor comodidad.

¿Somos realmente conscientes de la violencia que encierra el mensaje que nos están transmitiendo?

Por eso la gestión del miedo es una competencia que los sujetos y los grupos sociales debemos aprender para salir adelante de forma cooperativa y fortalecer la democracia. He aquí una gran tarea para lo que podríamos denominar “coaching social”. Quienes no lo consigan tendrán muchas menos oportunidades y serán más vulnerables. Hay que gestionar el miedo para recuperar la confianza en nuestras capacidades y aprender a decir no a lo que no queremos que nos impongan; y sí al tipo de sociedad que queremos, pero que sólo nacerá del esfuerzo que hagamos cada día por construirla.

Gestionar el miedo no es dejar de sentirlo, sino aprender a regularlo, a obtener de él información útil y a evitar sus peores efectos, los efectos “in”: incapacidad para hacer frente a los problemas, indolencia hacia el sufrimiento ajeno, indefensión frente a los abusos e injusticia ejercida sobre los más débiles.

Y un añadido más: gestionar el miedo implica aprender a no sentirse culpable por tenerlo, porque no es un defecto ni un déficit personal, sino una reacción inducida de forma continua y sistemática por la cultura dominante y sus instrumentos de difusión; porque el miedo mueve el dinero, nos proporciona medios de vida a casi todos, aunque sólo a algunos les permite acumular pingües beneficios.

La Sociedad de Consumo te ofrece la posibilidad de olvidarte por un momento de tus miedos comprando viajes, ropa, coches, marcas, estilos de vida… Si esto parece exagerado, recomiendo observar el contraste entre la felicidad negada que nos ofrecen los telediarios y la felicidad afirmada que nos ofrece la publicidad y sus derivados: el mundo de la moda, de los famosos, de las estrellas…

Sin embargo, para la mayoría de la gente la felicidad a la que se accede a través de la Sociedad de Consumo es una felicidad volátil, poco duradera. El resultado es un comportamiento social ansiógeno, una neurosis colectiva para la que cualquier cosa es insuficiente, porque todo cae en un saco sin fondo y el miedo vuelve a surgir una y otra vez.

¿Vivir atemorizados es condición necesaria “para recuperar la senda del crecimiento”? Pues habrá que pensar hasta qué punto nos compensa.

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Más Estados piden perdón por crímenes de lesa humanidad




Hijos e Hijas por la Identidad y la Justicia contra el Olvido y el Silencio (H.I.J.O.S.), Regional Capital, http://www.hijos-capital.org.ar/, Buenos Aires, 16/1/2011

Mientras la Argentina da ejemplo ante el mundo de una política de Estado para terminar con la impunidad y desarrollar los juicios históricos a genocidas por delitos de lesa humanidad desde hace 8 años, los países hermanos de El Salvador y Uruguay avanzan en ese sentido. Falta mucho, sin dudas, en todas partes, pero los 267 genocidas condenados por violaciones a los derechos humanos en nuestro país demuestran que si hay decisión política que acompañe la lucha del pueblo por Juicio y Castigo, la historia se escribe con justicia.

En 2004 estábamos en la ex ESMA cuando el entonces presidente Néstor Kirchner pidió perdón en nombre del Estado por los crímenes de lesa humanidad cometidos en Argentina durante la última dictadura cívico-militar. Ese hecho fue el inicio de la decisión política histórica de terminar con décadas de impunidad. Fue una bisagra en nuestro país, abriendo un camino largo, del que falta mucho por recorrer, pero que ya tiene un trecho andado que terminó con la calma de los verdugos.

Hoy, El Salvador pidió perdón en nombre del Estado por los crímenes contra la humanidad cometidos 20 años atrás, que dejaron 75.000 asesinados y 8.000 desaparecidos. El siguiente paso deber juzgar y condenar a los responsables.

Por su parte, Uruguay anunció que dará el mismo paso, en cumplimiento del fallo de la Corte Interamericana de Derechos Humanos-CIDH, que condenó al país por la desaparición forzada de María Claudia García. El Estado hará un acto reparatorio y pedirá perdón por todos los detenidos-desaparecidos. Esto debe ser acompañado con el fin de la impunidad.

Países hermanos, cuyos pueblos fuimos víctimas de los delitos más aberrantes por parte del Estado, como la desaparición forzada, las torturas, las violaciones sexuales, el robo de niños, los asesinatos, empezamos a andar juntos el mismo camino. Latinoamérica comienza a estar unida por un futuro con memoria, verdad y justicia.

Cuando la historia de los pueblos avanza en el camino de la memoria, la verdad y la justicia, es imparable.

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La libertad de los campesinos y de los obreros les pertenece y no puede ni debe sufrir restricción alguna. Corresponde a los propios campesinos y obreros actuar, organizarse, entenderse en todos los dominios de la vida, siguiendo sus ideas y deseos. (Ejercito Negro Makhnovista, Ucrania, 1923).