martes, noviembre 04, 2014

Noticias del Frente Sensorial 121

La teoría del poder de Michel Foucault



Por Gabriel Baquero, En Nuestro Tiempo, Pensamiento, — 31 Oct, 2014

Ponencia pronunciada en el marco del Seminario Re-pensando a Michel Foucault: 30 años después, el día 30 de octubre del 2014 en la Universidad Autónoma de Santo Domingo:

http://nuestrotiempo.rapcanal.com/2014/10/31/la-teoria-del-poder-de-michel-foucault/

Para Michel Foucault, el poder es una trama que atraviesa a toda la sociedad. Sin embargo, su objetivo no es analizar los fenómenos del poder, ni elaborar los fundamentos de tal análisis. Más bien, lo que persigue el filósofo francés es elaborar una historia de las diferentes maneras por las cuales, en nuestra cultura, los seres humanos se convierten en sujetos. Pero aquí entra en juego la doble significación de la palabra “sujeto”, según se la conjugue con el verbo “estar” o con el verbo “ser”. En este sentido, se puede estar sujeto a alguien por el control y la dependencia; o se puede ser sujeto al permanecer ligado a la propia identidad por conciencia o autoconocimiento.

Para descifrar este problema, Foucault señala que el ser humano no está situado únicamente en relaciones de producción y de significación, sino también en complejas relaciones de poder. Se necesita entonces, dice el filósofo, una nueva economía de las relaciones de poder que dé cuenta de la complejidad de las mismas. Foucault prefiere enfocarse en el funcionamiento de las relaciones de poder, por lo cual podemos decir que el análisis foucaultiano de las relaciones de poder constituye un proyecto de genealogía del Orden Burgués.

Antes que nada, este novedoso análisis foucaultiano del poder se erige en base a una serie de refutaciones de algunos postulados típicos del marxismo clásico, tal como los señala Gilles Deleuze, amigo y compañero pensador del filósofo que aquí nos ocupa.

El primer postulado es el de la propiedad, según el cual el poder es algo que posee la clase dominante. Foucault va a afirmar que el poder no es una propiedad, sino una estrategia; no es algo que se posee, sino algo que se ejerce. El poder es algo que está en juego.

El segundo postulado es el de la localización, según el cual el poder se entiende como poder del Estado. Al contrario, dice Foucault, el Estado no es el lugar privilegiado del poder, sino que su poder es un efecto de conjunto. Debemos atender a la microfísica del poder, puesto que el espejismo del Estado nos puede conducir a dos graves errores: 1) Plantear la toma del poder como toma del Estado; y 2) Plantear un contra-Estado como forma óptima del ejercicio del poder.

El tercer postulado que refuta Foucault es el de la subordinación, para el cual el poder estaría subordinado a un modo de producción que sería su infraestructura. El poder no es una mera superestructura—va a decir nuestro pensador—ya que toda economía presupone unos mecanismos de poder inmiscuidos en ella.

El cuarto postulado es el del modo de acción, según el cual el poder actúa por medio de mecanismos de represión e ideología. Foucault sustituye la imagen negativa del poder que proyecta al poder como algo que oculta, reprime e impide; por una imagen positiva en la que el poder produce. Y produce lo real, a través de una transformación técnica de los individuos, que en nuestra sociedad recibe el nombre de normalización.

Por último, el quinto postulado es el de la legalidad, según el cual el poder del Estado se expresa por medio de la Ley. Debemos entender la Ley, afirma Foucault, no como aquello que escinde limpiamente dos dominios (legalidad/ilegalidad), sino como un procedimiento por medio del cual se gestionan diferentes órdenes de ilegalismos. La Ley no es un estado de paz, ni es la carta otorgada por el nuevo soberano en el día de su triunfo—sino la batalla perpetua: el ejercicio actual de unas estrategias.

Por ende, el poder se aplica a la inmediata vida cotidiana que categoriza al individuo, lo marca por su propia individualidad, lo adhiere a su propia identidad y le impone una ley de verdad que él debe reconocer y que los otros deben reconocer en él. El poder del Estado es a la vez una forma de poder individualizante y totalizante. Por eso va a decir Foucault que, desde Kant, el papel de la filosofía es impedir que la razón vaya más allá de los límites de lo que es dado en la experiencia; pero a partir del mismo momento—es decir, desde el desarrollo del Estado moderno y el manejo político de la sociedad—el papel de la filosofía es también mantener una vigilancia sobre los poderes excesivos de la racionalidad política.

Para Foucault, el Estado moderno occidental ha integrado a sí mismo una vieja técnica de poder originada en las instituciones cristianas y que él va a designar con el nombre de poder pastoral. Esta técnica del poder se caracteriza por:
  1. Ser una forma de poder cuyo propósito final es asegurar la salvación individual en el otro mundo.
  2. No es solamente una forma de poder que manda; debe también estar preparado a sacrificarse por la vida y salvación del rebaño. Por lo tanto, es diferente del poder real, que exige un sacrificio de sus sujetos para salvar el trono.
  3. Es una forma de poder que no se ocupa solamente de la comunidad entera, sino de cada individuo en particular, durante toda su vida.
  4. Como forma de poder no puede ejercerse sin conocer el interior de las mentes de la gente, sin explorar sus almas, sin hacerles revelar sus más recónditos secretos. Esto implica un conocimiento de la conciencia y una habilidad para dirigirla.
El poder pastoral está orientado a la salvación, como opuesto al poder político. Es oblativo, como opuesto al principio de soberanía. Es un poder individualizante, al contrario del poder legal. También es coextensivo y continuo con la vida y está ligado con una producción de verdad: la verdad del individuo mismo. Foucault ve en el Estado moderno una nueva forma de poder pastoral, una matriz moderna de individualización.

Sin embargo, podemos observar algunos cambios en el ejercicio de este poder pastoral a medida que se seculariza con el fin de la era cristiana y el advenimiento del Estado moderno. Ya no se trata de conducir al pueblo a su salvación en otro mundo, sino más bien de asegurarla en este mundo. En este sentido, la palabra “salvación” adquiere diferentes significados: salud, bienestar, seguridad, protección contra accidentes. Una serie de objetivos “mundanos” sustituyen a los fines religiosos del pastoreo tradicional.

De igual modo, aumentan los oficiales del poder pastoral. A veces éste fue ejercido por el aparato del Estado o por alguna institución pública, tal como la policía. En otras ocasiones fue ejercido por empresas privadas, sociedades de asistencia social, benefactores y filántropos. Pero también instituciones antiguas como la familia fueron movilizadas a asumir funciones pastorales. Tampoco fue ajena a este proceso la medicina, que incluía iniciativas privadas con la venta de servicios sobre principios de economía de mercado, aunque también incluyó instituciones públicas como los hospitales.

Así se fue configurando, según Foucault, una red de poder que anteriormente había estado ligada durante siglos a una institución religiosa específica, y que se extendió por todo el cuerpo social, encontrando soporte en una amplia multitud de instituciones. Una tecnología del poder que Foucault va a describir es la del panoptismo, en su famoso ejemplo de Vigilar y castigar.

El panóptico es un modelo de prisión diseñado por el filósofo utilitarista de los siglos XVIII y XIX, Jeremy Bentham. Aunque nunca fue construido como tal, Foucault dirá que éste sirvió de modelo para la escuela, el hospital, el cuartel, la fábrica y todas las demás instituciones modernas que Foucault va a llamar—siguiendo a la prisión—lugares de encierro. El panóptico consiste en una edificación carcelaria circular con una gran torre en el centro, desde la cual el observador puede mirar dentro de cada una de las celdas que se encuentran a su alrededor. Debido a la iluminación, sólo el guardián desde la torre puede ver a los prisioneros, pero éstos no pueden ver al guardián.

Como resultado de esta situación, los presos deciden comportarse como si los estuviesen vigilando en cada momento, ya que nunca saben cuándo están siendo observados en realidad y cuándo no. Esta metáfora de la alteración de la relación ver/ser visto le servirá a Foucault para afirmar que nuestras sociedades son sociedades disciplinarias, en las que la trama del poder atraviesa todos los lugares de encierro que obedecen a la misma lógica del panóptico, configurando de ese modo una tecnología del poder disciplinario que se ejerce sobre los cuerpos y sus conductas, moldeándolos en cuerpos dóciles.

Vemos entonces que el proyecto intelectual de Foucault es una crítica a la Ilustración, descubriendo el sojuzgamiento de la imaginación y del cuerpo por debajo de sus proclamas de libertad y derechos. Como él mismo indica en Vigilar y castigar:

“Históricamente, el proceso por el cual la burguesía ha llegado a ser en el curso del siglo XVIII la clase políticamente dominante se ha puesto a cubierto tras la instalación de un marco jurídico explícito, codificado, formalmente igualitario, y a través de la organización de un régimen de tipo parlamentario y representativo. Pero el desarrollo y la generalización de los dispositivos disciplinarios han constituido la otra vertiente, oscura, de estos procesos. Bajo la forma jurídica general que garantizaba un sistema de derechos en principio igualitarios estaban, subyacentes, esos mecanismos menudos, cotidianos y físicos, todos esos sistemas de micropoder esencialmente inigualitarios y disimétricos que constituyen las disciplinas. Y si, de una manera formal, el régimen representativo permite que directa o indirectamente, con o sin enlaces, la voluntad de todos forme la instancia fundamental de la soberanía, las disciplinas dan, en la base, garantía de la sumisión de las fuerzas y de los cuerpos. Las disciplinas reales y corporales han constituido el subsuelo de las libertades formales y jurídicas. El contrato bien podía ser imaginado como fundamento ideal del derecho y del poder político; el panoptismo constituía el procedimiento técnico, universalmente difundido, de la coerción. No ha cesado de trabajar en profundidad las estructuras jurídicas de la sociedad para hacer funcionar los mecanismos efectivos del poder en oposición a los marcos formales que se había procurado. Las Luces, que han descubierto las libertades, inventaron también las disciplinas.”

Bibliografía:

Foucault, M. (1983). El sujeto y el poder. Bogotá: Carpe Diem Ediciones.

Foucault, M. (1981). Un diálogo sobre el poder y otras conversaciones. Madrid: Alianza Editorial.

Foucault, M. (1976). Vigilar y castigar. Ciudad México: Siglo XXI.