viernes, octubre 14, 2011

Noticias del Frente Patrimonial 051

¿Por qué aumentan los precios de los alimentos?




Fruteria, cada dia mas utopica


Por ENRIQUE YEVES, Director de la Organización de Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) para España.


En todo el mundo, y en particular en los países pobres, están aumentando de modo exponencial los precios de los alimentos. Consecuencia: mil millones de personas padecen hambre. En tan sólo unos pocos años, el mercado mundial de alimentos, que era estable y presentaba precios bajos, se ha convertido en un mercado turbulento caracterizado por repentinos y mortales altibajos de los precios. ¿Por qué?

El 16 de octubre se celebra el Día Mundial de la Alimentación. Es una ocasión para preguntarse ¿por qué los precios de los alimentos básicos han alcanzado récordes históricos? En febrero del 2011, el índice de precios de la FAO se incrementó por octavo mes consecutivo para superar todos los registros desde que éste se elabora. Alza que se ha mantenido casi sin variaciones en los últimos meses. Los últimos datos, correspondientes a agosto pasado, indican que los alimentos costaban un 26% más que hace un año. Los cereales eran un 36% más caros que en agosto de 2010.


El precio de los productos básicos, como el arroz, el maíz, los lácteos o la carne, vive unos años convulsos. Desde 2007, los mercados mundiales han experimentado vaivenes dramáticos en los precios de los productos básicos alcanzando niveles que no se veían en 30 años, luego se colapsaron en el invierno sucesivo y crecieron rápidamente en los meses siguientes. El maíz, por ejemplo, aumentó un 74% en 18 meses mientras que el arroz se multiplicó por tres (un incremento del 166%). En una veintena de países se registraron disturbios relacionados con los alimentos.


Los editorialistas decretaron el fin de los alimentos baratos. Entonces, tras alcanzar su valor máximo en junio de 2008, los precios se desplomaron, disminuyendo un 33% en seis meses, a medida que la crisis financiera y bancaria empujaba a la economía mundial a la recesión.
No obstante el declive duró poco tiempo. En 2010, los precios de los cereales se dispararon de nuevo, aumentando un 50% y han continuado incrementándose durante 2011, con un pico histórico –como hemos señalado- en febrero. Algunos analistas ven una relación directa de las primeras protestas de la “primavera árabe” con el alza de los alimentos, protestas que habrían incendiado el matorral de represión política de dichos regímenes para terminar en las revoluciones que hemos presenciado en los últimos meses.

Las fluctuaciones de precios son una característica normal de los mercados agrícolas pero cuando éstas se magnifican y se tornan impredecibles –volatilidad es el término técnico con el que se denomina el fenómeno– pueden tener un efecto devastador para los grupos más vulnerables, es decir, los sectores más pobres de los países en desarrollo. La crisis del 2008 provocó que se superara la triste barrera de las más de mil millones de personas que sufren hambre, según los datos de la FAO. Aunque los informes de este organismo correspondientes a la última crisis se conocerán a finales de octubre, el Banco Mundial calcula que los costes de los alimentos han empujado a cerca de 70 millones de personas a la pobreza extrema. Esa volatilidad en los mercados agrícolas parece que va a seguir con nosotros por un tiempo, lo cual no es una buena noticia.


Pero, ¿por qué suben los precios de los alimentos tan drásticamente? Veamos las razones de esta última crisis alcista. En primer lugar, las malas cosechas debido a problemas climatológicos entre los grandes países exportadores han afectado a la producción. Rusia sufrió en 2010 la peor sequía en medio siglo, al igual que ocurrió en Ucrania y Kazajistán, que provocó restricciones del gobierno a la exportación de cereales. Hubo grandes inundaciones en Australia, Canadá y Estados Unidos. Sequía en Argentina, inundaciones en Pakistán… Todo ello afectó a unas cosechas que rindieron por debajo de lo esperado, reduciendo la oferta en los mercados internacionales.

En segundo lugar: ha aumentado la demanda de los países en desarrollo, muy especialmente asiáticos y, sobre todo, de China y la India. Los dos gigantes asiáticos superpoblados consumen cada vez más alimentos (y más tipos distintos de comida).


Todos conocemos el ABC de las leyes de mercado, es decir, la oferta y la demanda que establecen los precios. A esa tormenta perfecta, la reducción de la oferta por motivos climatológicos y el incremento de la demanda por parte de países superpoblados como China e India, hay que señalar otros, no tan evidentes pero quizá tan importantes.

Por un lado, la especulación. A la ¨mano invisible¨ del mercado parece que se le ha añadido la “mano alargada” de los fenómenos especulativos en los mercados financieros. El refugio de los fondos de inversión que se retiraron del mercado de materias primas en los años más duros de la crisis mundial y que ahora estarían volviendo con la esperanza de obtener más rendimiento: aunque ese rendimiento sea a costa de vidas humanas. El papel que juega la especulación es muy polémico y los especialistas no se ponen de acuerdo a la hora de establecer en qué medida influye sobre los precios, lo que sí está claro es que esos flujos especulativos exacerban la magnitud y duración de la crisis.


Independientemente de las razones coyunturales, como las malas cosechas, o el papel de los especuladores, los economistas creen que es probable que los altibajos de los precios experimentados desde 2006 se repitan en los próximos años. Es decir, es probable que la volatilidad de los precios de los alimentos haya venido para quedarse. Esto afecta en gran medida a los países pobres importadores netos de alimentos haciendo que les resulte mucho más caro importar. En 2010, los países de bajos ingresos y con déficit de alimentos gastaron 164.000 millones de dólares en alimentos importados, cantidad que constituye un máximo histórico y representa un aumento del 20% con respecto al año previo. A nivel individual, los agricultores también se ven perjudicados porque necesitan saber los precios que conseguirán sus cultivos en el momento de la cosecha cuando aún faltan meses para ello. Si es probable que consigan precios elevados, plantarán más. Por el contrario, si se prevé que los precios sean bajos, plantarán menos y reducirán costes.

La turbulencia existente hoy en los mercados de productos alimentarios contrasta con la situación que caracterizó los últimos 25 años del siglo XX. Entre 1975 y 2000, los precios de los cereales se mantuvieron sustancialmente estables mes a mes, si bien siguieron una tendencia a la baja a plazo más largo. A pesar del rápido crecimiento de la población –que se duplicó entre 1960 y 2000-, la Revolución Verde lanzada en los años 1960 por Norman Borlaug junto con el ministro indio de agricultura, M.S. Swaminathan, ayudó a que la oferta de alimentos satisficiese la demanda e incluso la superase.


De hecho, al menos en el hemisferio occidental existía una superabundancia de alimentos causada en gran medida por las generosas subvenciones que los países ricos de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) ofrecían a sus agricultores. En la actualidad, el panorama es muy diferente. El mercado mundial es estrecho: a la oferta le resulta difícil seguir el ritmo de la demanda y las reservas se encuentran en su mínimo histórico o cerca de él. Se trata de un equilibrio delicado que puede romperse fácilmente si se registran crisis como sequías e inundaciones en regiones productoras importantes.

Para saber cómo y hasta qué punto podemos controlar la volatilidad de los precios de los alimentos es necesario saber con exactitud por qué, en tan solo unos pocos años, el mercado mundial de alimentos que era estable y presentaba precios bajos se convirtió en un mercado turbulento caracterizado por altibajos repentinos de los precios.


El motivo principal de la actual volatilidad tiene sus raíces en las decisiones poco acertadas de los responsables políticos de los últimos decenios que no consiguieron entender que el boom de la producción que disfrutaron muchos países no iba a durar siempre y que era necesario continuar invirtiendo en investigación, tecnología, equipo e infraestructura agrícola. En los treinta años transcurridos desde 1980 hasta hoy, la proporción de asistencia oficial para el desarrollo destinada por los países de la OCDE a la agricultura ha disminuido un 43%. Es probable que la financiación insuficiente continuada de la agricultura por parte de los países tanto ricos como pobres sea la principal causa de los problemas que afrontamos hoy en día.

También contribuye a la actual rigidez de los mercados el rápido crecimiento económico de los países emergentes, como resultado del cual cada vez hay más personas que comen más carne y productos lácteos y, en consecuencia, la necesidad del pienso está aumentando rápidamente. El comercio mundial de harina de soja, el pienso más utilizado en el mundo, se ha incrementado un 67% en los últimos 10 años.


El crecimiento de la población, con cerca de 80 millones de nueva bocas que alimentar cada año, es otro elemento importante que hay que tomar en consideración. La presión demográfica se ve agravada por los fenómenos meteorológicos erráticos y a menudo extremos ocasionados por el calentamiento mundial y el cambio climático.

Otro factor notable de la culpa recae sobre las políticas agrícolas distorsionadas y las políticas comerciales proteccionistas. Son necesarias reglas comerciales y subsidios agrícolas más equitativos: los países de la OCDE destinan más de 385.000 millones de dólares anuales en apoyo a sus agricultores, es decir, ¡más de mil millones diarios! Para entendernos, es algo así como un partido de fútbol en el que un equipo juega con cinco jugadores, sin portero, y sólo puede tirar desde fuera del área mientras que el otro –los países ricos– juegan con treinta jugadores, tres porteros, no se les aplica el fuera de juego y, además, pueden tocar el balón con las manos. Establecidas estas reglas tan dispares se les dice: ahora ¡que gane el mejor! ¡Qué decida el mercado! Obviamente siempre pierde el mismo equipo: los países pobres.


Otro aspecto crucial que debe mejorarse es el de la información sobre las reservas de cada país, lo cual no sólo aumentaría la transparencia del comercio en los mercados de futuros sino que garantizaría el que los Gobiernos y los comerciantes tomen decisiones fundamentadas y se evite el pánico y las reacciones irracionales. Algunos países como China o la India mantienen la información sobre sus reservas alimentarias como secreto de Estado, lo cual no ayuda precisamente a planificar (pero sí a los especuladores).

Por lo que respecta a la mitigación de los efectos de la volatilidad, las redes de seguridad nacionales o regionales que incluyan reservas alimentarias de emergencia ayudarán a garantizar el suministro de alimentos a los grupos de población necesitados y vulnerables durante las crisis. También puede beneficiar a los consumidores pobres el uso mediante efectivo o cupones de alimentos, y a los productores mediante insumos como fertilizantes y semillas.


No obstante, en última instancia la estabilidad del mercado de alimentos depende del incremento en la inversión en agricultura, especialmente en los países en desarrollo, donde vive el 98% de las personas que pasan hambre y donde la producción de alimentos deberá doblarse de aquí a 2050 para poder alimentar a la creciente población. La inversión en infraestructura, sistemas de comercialización, servicios de extensión, comunicación y educación, así como en investigación y desarrollo, puede incrementar la oferta de alimentos y mejorar el funcionamiento de los mercados agrícolas locales, con lo que se lograrían unos precios menos volátiles. La cuantía de las inversiones netas necesarias, según la FAO, asciende aproximadamente a 83.000 millones de dólares anuales, monto que ayudaría a millones de personas de todo el mundo a escapar de la pobreza y favorecería la restauración de la estabilidad a largo plazo de los mercados agrícolas.

¿Es mucho dinero 83.000 millones de dólares? Bueno, todo es relativo. No lo es tanto si se compara con los 385.000 millones de dólares que los países de la OCDE subsidian anualmente en apoyo a su agricultura. O lo que costó rescatar a la banca sólo en Estados Unidos: 787.000 millones de dólares (movilizados en un tiempo record de seis semanas). Claro que estas cifras son casi ridículas si se las compara con los más de 1.340.000 millones de dólares que los Estados gastan anualmente en armamento. O sea, se trata, sencillamente, de una cuestión de prioridades.


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Alemania nos da gato por liebre



Angela Merkel, cancillera alemana


Por MANUEL SANCHÍS, Universidad de Valencia, 11/10/2011

La canciller Angela Merkel ha vinculado un posible fracaso del euro con el final del proyecto de construcción europea. Tiene razón. Debemos dar la bienvenida a su inquietud, pero sería mucho más reconfortante poder constatar la voluntad política de Alemania para ofrecer soluciones a esta crisis del euro en cuyo desarrollo su Gobierno tiene mucha responsabilidad. Hasta ahora, el punto focal del debate se ha centrado en los eurobonos y en la ampliación del fondo de rescate. Estas soluciones ofrecen liquidez necesaria a corto plazo, pero exigen cambios en los Tratados. En mi opinión, desenfocan además lo que constituye el nudo gordiano de la crisis: Alemania tiene que hacer sus deberes, siguiendo las reglas vigentes de la Unión Monetaria. Existe una alternativa (que curiosamente nadie menciona), que no exigiría cambios en los Tratados y que garantizaría un reequilibrio entre los países del euro que necesitan reajustarse. Es la que pone de relieve la responsabilidad alemana, en vez de descargarla sobre los sufridos -y denostados- griegos y demás PIGS. ¡Qué solidaridad!

El euro es un proyecto de naturaleza estrictamente política, mientras que su racionalidad económica es muy desmañada. Ambas racionalidades han entrado hoy en conflicto directo. La crisis actual demuestra que los miembros de una unión monetaria no pueden ajustarse frente a perturbaciones debido a las divergencias en materia de costes laborales unitarios y productividad y a los desequilibrios entre ahorro e inversión. Esta afirmación es de manual. Pocos son los que la utilizan. La absorción de cualquier perturbación requiere un funcionamiento adecuado de los mercados, libre circulación de factores productivos y un proceso flexible de formación de salarios dentro de la unión monetaria. El ajuste requeriría un presupuesto común mínimo, que incluyese una transferencia interregional de fondos, no para subsidiar rentas sino para igualar las condiciones de producción mediante programas de inversiones públicas.


¿Qué tenemos hoy? Ni más ni menos que una política monetaria de talla única para todos los países de la eurozona. Esto obliga al Banco Central Europeo a poner más atención a las necesidades macroeconómicas de los países centrales (Alemania y Francia, en primer lugar) que a los periféricos. A principios de este siglo XXI, cuando ambas necesitaban desesperadamente un revulsivo para sus estancadas economías ejercieron una perniciosa presión sobre el BCE para que se doblegara a sus necesidades. ¿Lo ha olvidado Angela Merkel? Aquella política monetaria, interesada en ayudar a alemanes y franceses a salir del estancamiento, fue, sin embargo, perjudicial para los periféricos.

Los países centrales (¿ahora virtuosos?) salieron del estancamiento, pero a costa de inundar de liquidez a los demás y de alimentar tanto las burbujas inmobiliarias en España e Irlanda como el gasto irrestricto en Grecia y Portugal. Lo que más trastornó fue, sin embargo, el empacho de liquidez que creó incentivos perversos: los costes laborales crecieron más rápidamente que la productividad mientras que las autoridades gastaron de forma ilimitada y tanto las familias como las empresas se sobreendeudaron. La superabundancia de liquidez hizo crecer el gasto doméstico por encima de la capacidad de producción nacional traduciéndose en desequilibrios por cuenta corriente y en aceleraciones de los CLU.

La desmesurada presión de los países centrales sobre las instituciones de la UE y los restantes países miembros hizo mella en los inquebrantables compromisos fiscales. La aplicación del Pacto de Estabilidad y Crecimiento se gestionó con flexibilidad. El criterio del déficit lo violaron sistemáticamente Alemania, Francia, Países Bajos y Austria; desde 2003 el criterio de deuda nunca se respetó. Todo ello tuvo lugar con la benévola complacencia de los demás países en las sacrosantas reuniones del Ecofin. ¿Es que ya nadie las recuerda?


Los desequilibrios ahorro / inversión entre los distintos países constituyen un reflejo del deterioro del déficit corriente y de la competitividad exterior en los países periféricos. También de la mejora en los centrales. Los primeros ya han empezado a aplicar ajustes que incluyen recortes salariales severos, congelación de pensiones y algunos aumentos de impuestos. El fracaso de las negociaciones en ajustar los salarios ha producido un incremento espectacular del desempleo. Por contraste, Alemania y algunos pocos países centrales han ajustado cómodamente sus economías, han ampliado sus superávits exteriores y mantenido sus costes laborales alineados o por debajo del crecimiento de la productividad, y han contenido sus déficits fiscales. Estas divergencias, entre otras, han inducido una presión al alza en la prima de riesgo de Grecia, Irlanda, y Portugal, que se ha desparramado sobre Italia y España. Esto último interfiere en la política del BCE y pone en entredicho la afirmación de Trichet: "La unión monetaria permitirá la eliminación de las primas de riesgo". No ha sido así.

A pesar de lo anterior, los CLU empiezan a seguir una senda natural de ajuste en la mayoría de los periféricos. En España, por ejemplo, el diferencial con la eurozona se ha estrechado durante los últimos 11 trimestres. Pero la situación aún reclama un reequilibrio en la posición cíclica relativa de la eurozona. Aquellos países donde los CLU han crecido de forma desmedida deberían instrumentar devaluaciones internas en torno al 8%-10% a lo largo de varios trimestres; mientras que Alemania -que juega el papel de piedra sillar- debería reducir su superávit corriente.


Lo primero ha demostrado ser políticamente costoso para los afectados. En cuanto a lo segundo, los países centrales juegan como el gato con el ratón y se hacen los locos. Su contribución al ajuste está por ver. Las "soluciones" propuestas por algunos líderes europeos, tales como la emisión de eurobonos o la ampliación del fondo de rescate dan la impresión de que los actores clave de la UE no quieren comprender lo que está en juego y contribuyen a alimentar un debate macroeconómico desenfocado que solo calmará a los mercados financieros de forma temporal. Restaurar la confianza de los mercados financieros requiere que los principales actores políticos europeos, liderados por Alemania, asuman sus responsabilidades históricas y reconcilien las dos racionalidades: económica y política.

Una política fiscal expansiva hoy en Alemania -de mayor gasto público, o recortes de impuestos, por ejemplo- haría recaer el peso del ajuste sobre el contribuyente alemán en el futuro. Para Angela Merkel, inaceptable. Sin embargo, una revaluación interna de, digamos, un 15% -mediante un aumento de los costes laborales-, sería menos gravosa para el contribuyente alemán. Erosionaría, eso sí, los beneficios de las empresas orientadas al mercado exterior limitando sus exportaciones, pero estimularía la demanda exterior en los países periféricos. El resultado final sería similar al llamadoreajuste de paridades bajo el viejo Sistema Monetario Europeo, aunque ahora el reajuste se ejercería no a través de los tipos de cambio sino de las variables domésticas, una especie de reajuste de costes laborales unitarios. Dicho aumento de costes laborales produciría un incremento temporal de la inflación en Alemania, que el BCE debería acomodar. Con ello se revertirían las divergencias en precios y CLU y se contribuiría a calmar definitivamente a los mercados financieros. En términos de reputación, acomodar dicha inflación sería menos costoso para el BCE que su actual política de compras de deuda pública de los países periféricos.


La alternativa consistiría en la voladura del euro, controles de capital más onerosos entre los distintos países de la eurozona, y una dramática y duradera recesión y pérdida de empleos. Por el contrario, una revaluación interna de Alemania dejaría mejor enfocada la dicotomía económico-política del euro. ¿Cuál es el problema? Simplemente que Alemania y otros países centrales, que no hicieron los deberes que reclama la unión monetaria y que hoy siguen sin cumplirlos, prefieren que los ajustes se hagan en los países periféricos. Al final, todos somos esclavos de la voluntad de mantener a todo trance los márgenes de ganancia de los exportadores alemanes. Algunos Gobiernos engañan a sus ciudadanos y a los demás europeos.

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Existen esclavos (extracto)



Esclavos modernos


Javier Fernández Díaz, Centro de Colaboraciones Solidarias (CCS) http://ccs.org.es/

ALAI AMLATINA, 07/10/2011.- Aún existen lugares en el mundo en el que los seres humanos son tratados como esclavos. Hombres, mujeres, niños y ancianos obligados a trabajar en condiciones precarias, a combatir en guerras o a vender su cuerpo para beneficio de otros.

“A pesar de cientos de años de esfuerzos para abolir la esclavitud, sus manifestaciones contemporáneas todavía se pueden encontrar en todo el mundo”, asegura Navy Pillay, Alta Comisionada de Naciones Unidas para los Derechos Humanos.

Miles de niños, que apenas han tenido oportunidad de educarse, son obligados a trabajar en condiciones precarias o a combatir en guerras. Uno de cada seis menores, de entre 5 y 14 años, es obligado a trabajar en el mundo según UNICEF. En México, casi cuatro millones de niños trabajan en la agricultura, muchos de ellos en condiciones de explotación. Este fenómeno es una práctica habitual en los países empobrecidos. En África subsahariana, 1 de cada 3 menores trabajan. En Asia meridional unos 44 millones de niños y niñas se emplean en trabajos precarios. La ONG Save the Children, calculaba en 2006 que entre 300 mil y 500 mil menores eran utilizados en conflictos armados. Asociaciones pro derechos humanos llevan años en lucha contra este tipo de prácticas.

Cada cierto tiempo la explotación sexual de niñas en Asia, América Latina y África salta a los debates de radio y televisión. Trabajadores forzosos de minas, ranchos y campos ocupan de vez en cuando las páginas de los periódicos. La sociedad conoce esta situación, pero la costumbre ha amortiguado su sensibilidad para indignarse y reaccionar. Para levantarse y protestar. Exigir a sus gobiernos que garanticen la condición humana y el derecho a un trabajo digno. Nos hemos acostumbrado al tolerar el horror.

Nos hemos acostumbrado a escuchar en los medios cifras que ni siquiera podernos asimilar. Beneficios, rescates, e inversiones multimillonarias. Así, 6.125 millones puede parecer una cifra muy elevada. Sin embargo, cuando Lehman Brothers, una de las entidades culpables la crisis económica actual se declaró en bancarrota, tenía una cartera de préstamos de 60.000 millones de dólares. 10 veces más del dinero solicitado por organizaciones no gubernamentales de todo el mundo para erradicar la esclavitud.

También existen iniciativas ciudadanas para luchar contra la sumisión de seres humanos. Podemos luchar contra la explotación de trabajadores al no comprar los productos que elaboran. Pero esto podría arrojar a miles de trabajadores forzosos a la miseria absoluta. Por ello debemos presionar al mismo tiempo a nuestros gobiernos para que ayuden a los países más empobrecidos a acabar con esta práctica. También debemos exigir un esfuerzo mayor a las instituciones internacionales, para que persigan y castiguen con mayor tenacidad a las mafias y compañías que obtienen beneficios de este tipo de prácticas. Aún existen esclavos en el mundo, sus cadenas dejarán marcas en nuestras conciencias mientras sepamos que existen y no nos atrevamos a actuar en consecuencia.

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La libertad de los campesinos y de los obreros les pertenece y no puede ni debe sufrir restricción alguna. Corresponde a los propios campesinos y obreros actuar, organizarse, entenderse en todos los dominios de la vida, siguiendo sus ideas y deseos. (Ejercito Negro Makhnovista, Ucrania, 1925).