martes, febrero 05, 2013

Noticias del Frente Migratorio 069



Esquivel. ‘La dominación comienza por la cultura’ (fragmento)


Fuente: CubaDebate, Contra el terrorismo mediático, Adital 04 02 13

El Premio Nobel de la Paz, el argentino Adolfo Pérez Esquivel, afirmó que para lograr el equilibrio del mundo es necesario que los pueblos se conozcan en profundidad para continuar adelante en el camino de la liberación.

Durante una intervención especial este martes en la III Conferencia Internacional por el Equilibrio del Mundo, evento que reúne en esta capital a más de 800 delegados de unos 40 países, el intelectual destacó el valor de preservar la cultura, la identidad y el pensamiento propio de las naciones.

La dominación no comienza por lo económico sino por lo cultural, señaló, y hoy se nos impone el monocultivo de las mentes como manera de llevarnos a perder la identidad y los valores de nuestros pueblos, todo ello mediante la masificación.

Para enfrentar esa situación, Pérez Esquivel se refirió a la importancia de la memoria histórica "no para quedarnos en el pasado sino para iluminarnos el presente, que es cuando debemos continuar sembrando nuestro camino”.

También abordó la necesidad de fortalecer la unidad para hacer frente a la avalancha recolonizadora que se viene encima a países que no son pobres, de acuerdo con el defensor de los derechos humanos: "son pueblos que se han empobrecido a causa del saqueo al que han sido sometidos”.

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Europa relega su cultura

Por: Rafael Argullol, El País, 04 02 2013

Fuente: http://elpais.com/elpais/2013/01/17/opinion/1358431678_706569.html

Inmediatamente después de la caída del Muro de Berlín, en 1989, y antes de que fuera objeto de un gran concierto público oficial, la Novena Sinfonía de Beethoven se convirtió en la música favorita de muchos manifestantes, del este y el oeste de la ciudad. Los presentes en aquel colosal acto de demolición de fronteras cantaban fragmentos de la parte coral, la Oda a la Alegría, basada en el poema de Schiller, entendiendo, quizá, que no había palabras más idóneas para el momento y que unieran tanto a los que durante décadas habían sido obligados a permanecer separados. Aquellas imágenes y aquellos cantos tenían un hondo simbolismo, no solo para Berlín sino para toda Europa, y parecían confirmar que el gran arte —en este caso una obra de Beethoven— acudía al rescate del hombre europeo tras el último y más brutal de sus naufragios. Para eso, en última instancia, servía el arte, y eso era lo que cabía esperar de los textos de Dante, Shakespeare o Cervantes, de las composiciones de Bach, Mozart o Shostakovich, de las pinturas de Leonardo, Rembrandt o Cézanne.

Eso pareció, todavía, entonces. Sin embargo, más de dos décadas después, aquellos manifestantes cantando a Beethoven forman parte de un espejismo. Tal vez, en aquellos días demasiado esperanzadores, fuesen ya un espejismo. Se pensó que Europa saldría reforzada con la conclusión de la Guerra Fría y, de hecho, se incorporaron muchos más países al proyecto de construcción europea. Se realizaron progresos importantes, como la moneda única y la superación de las aduanas. Pero ahora, cuando las dificultades económicas atenazan a Europa, se hace evidente una paradoja dramática: en algún lugar del camino se perdió el alma. Dicho de otro modo que pueda gustar más a los que hacen muecas cuando oyen la palabra alma: en algún lugar del camino, Europa, que alardeaba de construirse a sí misma, dio la espalda a su propia cultura.

Basta, en la superficie, comprobar cómo la cultura europea ha desaparecido, prácticamente, de la vida pública. En los discursos y controversias de los dirigentes políticos esta ausencia es cada vez más radical, poniendo de manifiesto la extrema mediocridad de la mayoría de ellos pero también la falta de exigencia de los ciudadanos a este respecto. En sus buenos tiempos —no hace mucho— Berlusconi tuvo un ministro que riñó a los periodistas que le hablaban de cultura con el argumento de que la Divina Comedia no servía para comer, pues con ella no podían hacerse bocadillos. Un amigo italiano me comentó, entonces, que si un político hubiese dicho eso con anterioridad, habría sido poco menos que lapidado. Ya sabemos que Berlusconi era, y es, un asno multimillonario, y que sus colegas no tenían su procaz atrevimiento, pero no podemos asegurar que fuese más ignorante que los otros. Basta con recordar los discursos de Sarkozy o los de Cameron y compararlos con los de De Gaulle, Willy Brandt o cualquiera de los protagonistas del inicial impulso europeo. Aquí Aznar, Zapatero o Rajoy tienen la ventaja de tener que competir con Franco, un individuo que tenía por principio, según sus biógrafos, no leer jamás un libro.

No obstante, las carencias en la vida pública serían menos decisivas si la cultura —el alma— europea se manifestara, viva, en el interior del organismo social. Ahí es donde la paradoja se hace más sangrante puesto que la cultura europea es, en realidad, el único espacio mental que justifica la edificación de Europa. Sin la cultura europea, lo que llamamos Europa es un territorio hueco, falso o directamente muerto, un escenario que, alternativamente, aparece a nuestros ojos como un balneario o como un casino, cuando no, sin disimulos, como un cementerio.

Y ese es un peligro incluso mayor que el de la crisis económica, pues puede provocar una indefensión absoluta: nadie cantará a Beethoven, o a Schiller, porque nadie recordará que el arte es aquello que consuela cuando existen muros y aquello que enaltece cuando se destruyen fronteras. En consecuencia, nadie sabrá, tampoco, que eso que llamamos cultura, a la que Europa —más que otras regiones del mundo— lo debe todo, es un ejercicio de libertad y de orientación en el laberinto de la existencia. Para eso necesitamos todo lo que ahora, con una celeridad increíble, estamos abandonando. Es cierto, como dicen muchos profetas actuales, que la cultura —la “cultura europea”, se entiende— es superflua y anacrónica, pero no es menos cierto que también la libertad es superflua y anacrónica desde un punto de vista estrictamente pragmático. Se puede existir —no sé si vivir— sin ser libre. También se pueden hacer grandes negocios o tener éxito en la profesión. La libertad no es necesaria pero, como demuestra el ejemplo de Antígona, es imprescindible. De eso, durante siglos, nos ha hablado la cultura europea a los europeos. Y es eso, precisamente, lo que hoy se aleja de nosotros.

Hace poco recibí una lección inolvidable al respecto. Formé parte del jurado que tenía que decidir unas prestigiosas becas. La selección era rigurosa, y los candidatos, de acuerdo con las referencias, sobresalientes. Sin duda estaban técnicamente muy preparados. Sin embargo, en sus exposiciones orales casi ninguno de estos candidatos citó a un escritor, a un artista, a un científico, a un filósofo. No se aludió a cuadros, a textos literarios, a tratados de física. La pregunta es: ¿de qué hablaban y a qué aspiraban los candidatos? Aspiraban, naturalmente, a triunfar en sus campos respectivos, y para ello hablaban de programas informáticos, técnicas de evaluación, metacursos, procesos logísticos. Creo que todos los miembros del jurado esperábamos que esto fuese solo la metodología y que al final asomaría algo verdaderamente sustancioso. Pero no. Para estos sobresalientes candidatos el tratamiento de la cultura era exactamente igual al tratamiento que otorgaban a la sociedad sus colegas, también sobresalientes, de una escuela de negocios. La economía no estaba sometida a la libertad, sino la libertad a la economía.

Si no pecamos de ingenuos ya sabemos que siempre ha sido así. No obstante, la resistencia a esta percepción ha sido, igualmente, un motor esencial en el desarrollo de la cultura europea, tal como lo reflejan los ideales humanistas e ilustrados, cíclicamente asumidos, tras su original enunciación en la Grecia antigua. Tratar de entender lo humano en su complejidad, más allá de lo estrictamente útil, e incluso más allá de lo conveniente —ahora diríamos: de lo política y moralmente conveniente—, ha sido uno de los logros mayores de nuestra tradición espiritual, a la que, desde luego, no han faltado los momentos de tiniebla. Renunciar a aquella comprensión impide penetrar en la naturaleza humana, tanto en sus luces como en sus sombras.

Y, sin embargo, aparentemente, esta renuncia se erige en un signo de la época, a juzgar por nuestra vida pública y nuestra educación. Lo que hasta hace relativamente poco se consideraba en Europa cultura se ha transformado en arqueología, con el riesgo de que la propia Europa se convierta en pieza arqueológica que, en un futuro no muy distante, se exponga a la mirada de los nuevos poderosos. Puede alegarse que, con anterioridad, fuimos los europeos los que nos deleitamos con el botín tomado a otras civilizaciones. Es verdad. La Historia es así. Lo malo es vivirla y formar parte del bando de los inminentes perdedores. Y aún es peor que la caída llegue a producirse sin ninguna grandeza, con apatía, con ignorancia. Veremos.

Mientras tanto en la librería Catalònia, una de las más antiguas de Barcelona, se abrirá un McDonald's. Aunque quizá todo ha sido una pesadilla y he leído la noticia al revés: en el lugar de un restaurante de comida rápida, cerrado por falta de clientes, se abre una librería.
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Cuando despertó, La Bestia seguía su marcha (fragmento)
Testimonio de un joven hondureño, amputado por el tren (la bestia) en el que emigran miles a Norteamérica. Deportaciones, amputaciones, muertes y violaciones en un itinerario salvaje hacia los Estados Unidos.

Migrantes centroamericanos en el tren La Bestia, Mexico

Autor: Alejandra Gutiérrez Valdizán, Solidaridad.net, 2013 01 31
Tenía 17 y se le había metido en la cabeza que debía irse a Estados Unidos, sólo allí, en el norte, veía la solución. Ya había hecho un intento a los 16; ahora confiaba en que lo lograría. Tomó todas las precauciones, logró sobrevivir a los asaltos, las carreras por tomar el tren. Fue testigo de las tragedias de otros, y casi logró salir indemne. José Luis Fernández nunca imaginó que sería un desmayo provocado por el calor, el que le truncaría los sueños y el cuerpo.
José Luis Fernández Cruz cerró los párpados por unos segundos. Cuando despertó, el tren lo arrastraba y luchaba cuerpo a cuerpo para evitar ser destrozado. La Bestia casi lo logra, él perdió un brazo, una pierna y parte de la otra mano. Ahora, en Honduras, en donde nació, y de donde huía hacia el norte para buscar trabajo, coordina una organización que reúne a cientos de personas con discapacidades provocadas por el mismo viaje que él intentó hacer.
El joven hondureño, músico, guitarrista y bajista, perdió el conocimiento y cayó en los rieles del tren. Pasó dos años en hospitales mexicanos, entre cirugías y terapias de rehabilitación. Él sintió como si fueran 20. Si no es por los vecinos de Delicias, en Ciudad Juárez, el poblado más cercano al sitio donde José Luis Fernández dejó su cuerpo en piezas, hubiera sido deportado aún con las heridas abiertas. Fueron esos seres anónimos, los que buscaron ayuda para que recibiera atención médica y le pudieran dar la prótesis de la pierna.
¿Cómo llega a formarse un colectivo de discapacitados por la migración?
Cofamipro es una organización de madres buscando a sus hijos desaparecidos. Ellas se dieron cuenta que existían personas como nosotros y se interesaron incondicionalmente y nos fueron a buscar a nuestras casas y apareció uno y otro, luego otro, el caso que nos dimos cuenta que en la ciudad habíamos 30 personas como yo.
Ellas decidieron que nos uniéramos, que nos organizáramos, siempre nos dan el acompañamiento. Somos muchos con nuestra propia lucha, estamos tratando de salir adelante con proyectos, como por ejemplo, plan de vivienda, seguridad alimentaria. Un compañero que tienen nueve hijos, nos gustaría que hubiera becas para los niños.
Analizo esto de las migraciones, en Honduras, por ejemplo, al año son 2.400 millones de dólares en remesas, son la columna de la economía del país. Miles de familias se mantienen gracias a esas remesas que mandan. Casi dos millones de hondureños están en Estados Unidos y que igual que nosotros han emprendido ese viaje. Yo le digo a mis compañeros que esto es como la guerra y en la guerra hay hombres caídos, en nuestro caso, nuestra guerra es la pobreza y la falta de oportunidades y el desempleo, es una situación forzada, en la guerra siempre hay caídos y lamentablemente los caídos en esta ocasión somos nosotros.
Lo justo sería que el gobierno nos apoye, al menos en planes de vivienda o de seguridad alimentaria, porque justo por eso nos fuimos, por no tener ni siquiera una casa donde vivir. La meta o el propósito por lo que uno migra es por una necesidad. Lamentablemente a muchos esa ilusión o ese sueño se nos convierte en una pesadilla. Calculamos que en Honduras hay unas 600 personas discapacitadas por la migración.
Y además de los peligros del crimen organizado, está el del tren.
El último tren al que subí fue uno de Torreón a Juárez. La noche antes estaba bajo un puente, íbamos tres, estábamos acampando, llegó un señor y nos llevó a su casa y nos dio comida y donde dormir. Habíamos comido bien, dormido bien y al siguiente día a las seis de la mañana tomamos el tren en un lugar que se llama Delicias. Yo iba en la parte donde van acoplados los vagones, en una como gradita, iba sentado y no aguantaba mis pies, me estaban apretando los zapatos, se me hincharon los pies de tanto que había caminado y en esas estaba, cuando de repente quedé en oscuras y me caí. Fue como un desmayo, imagínese, yo me cuidé para no dormirme, para que no me vieran los de migración, para que no me asaltaran, pero jamás pensé que me iba a desmayar y más en el calor insoportable que hace en Chihuahua y que tenía días sin comer, debido a eso fue el desmayo y me caí.
El tren me jaló y el mismo golpe me despertó, caí embrocado, el tren me cortó una pierna y yo del dolor quise agarrar mi pierna con mi brazo y también me agarró el brazo y quise sacar mi brazo, con mi otra mano y también me arrancó la otra mano y pues en ese momento lo único que quería era morirme, porque ni siquiera perdí el conocimiento y ni siquiera pude tirarme a que me matara el tren porque no podía ya moverme. Pasaron los vagones y los amigos con los que iba no pudieron hacer nada, porque ni se dieron cuenta de que me caí, por el ruido insoportable que hace el tren. Ellos más delante notaron que yo no estaba y pues me buscaron entre los vagones y miraron adentro del tren y lo que vieron fueron unas manchas de sangre y pensaron que yo me había muerto. Lo que hicieron es que se entregaron a migración en Juárez y les comentaron que me había caído y que el tren me había matado en tal parte. Los agarraron y los mandaron para su lugar de origen, eran un guatemalteco y un hondureño.
Cuando pasaron los vagones, pude sentarme y miraba mi pierna y mis brazos deshechos y cómo había quedado, me decía: “qué barbaridad, cómo me pudo pasar esto a mí, tanto que me cuidé y cómo es posible…”. Y andaba un señor allí, que iba pasando, se dio cuenta y enseguida llamó a la Cruz Roja. Es un milagro de Dios que yo esté con vida, porque lo que me pasó, es para que estuviera muerto. En el hospital lo que hacía era llorar y llorar, como los niños. Pensaba en mi familia, me fui con la ilusión de ayudarlos a ellos y que iba a ser una posibilidad y no una carga para ellos, era muy dolorosa esa situación. Pensaba en mi papá que me decían “José Luis no te vayas porque te puede pasar algo”, eso me destrozaba mi corazón… esa es la dura realidad de la migración, que no sólo afecta a uno, sino que a toda la familia y a tantas personas.
La migración y sus tragedias no se detienen.
Lamentablemente la gente sigue migrando, son miles y miles todos los días y sigue cayendo gente del tren. Unos dicen: “prefiero morir en el camino, que morirme aquí de miseria”. Cuando mataron a las 72 personas en Tamaulipas, fuimos con unos amigos a unos buses donde viajaban migrantes de Honduras y esa misma semana seguía yendo más gente, yo le preguntaba a un amigo: “¿Qué es lo que tiene que pasar para que la gente deje de migrar? Si no lo les da miedo esto, no sé que más tiene que pasar”. Les digo a los jóvenes “No se vayan para Estados Unidos, pueden salir adelante en su propio país”, y me responden: “¿En dónde encuentra uno trabajo, pues?”. Entonces como que me noquean y no encuentro qué decir.
En mi país hay un montón de jóvenes sanos y fuertes y que no trabajan porque no encuentran trabajo. Las personas de las aldeas, de las comunidades, migran a la ciudad porque creen que aquí van a encontrar trabajo, abandonan sus tierras y llegan a la ciudad y encuentran que no hay trabajo y no les queda más que migrar a Estados Unidos, y lamentablemente unos van a fracasar en ese intento de poder superarse.
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La libertad de los campesinos y de los obreros les pertenece y no puede ni debe sufrir restricción alguna. Corresponde a los propios campesinos y obreros actuar, organizarse, entenderse en todos los dominios de la vida, siguiendo sus ideas y deseos. (Ejercito Negro Makhnovista, Ucrania, 1923).

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