martes, noviembre 20, 2007

Noticias del Frente Ancestral 029

De la educación, del nacimiento y del matrimonio de los hijos de los indios Caribe
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Por: Señor De La Borde. (1674). Relation de l´Origine, Moeurs, Coustumes, Religion, Guerres et Voyages des Caraibes.

Editado y traducido por Manuel Cárdenas. (1981). Crónicas francesas de los indios caribes. Río Piedras: Universidad de Puerto Rico.

Las mujeres dan a luz con poco dolor, y si sienten alguna pena o dificultad saben aliviarse con la raíz de una planta de la que exprimen y beber el jugo, pariendo así por este medio; paren cerca del fuego, y no ha hecho mas que venir el niño al mundo que se le lleva a lavar; tienen una ridícula precaución, y es que si el niño nace en la noche, los hombres que están acostados en el mismo bohío se van a bañar con el fin de que el niño no tenga frío. La madre desde el día siguiente va a sus tareas cono si nada hubiese pasado; ayuna algunos días, no comiendo mas que casabe seco y bebiendo agua tibia y guardándose bien de comer cangrejos hembras, ya que eso le haría mal la vientre del niño; ellas se ocupan entretanto de aplastar y alisarles la frente; como habéis leído más arriba.

Si es primogénito y varón, los hombres tienen una tonta costumbre: tan pronto como la mujer ha dado a luz, el marido se mete en la cama y se queja y finge como si él estuviera dando a luz; para entonces está en un pequeño bohío aparte, su cama pendida en alto y ayuna durante tres meses. Los primeros días come un poco de casabe seco y agua; después comienza a beber un poco de uicu, pero se abstiene de toda cosa; no come mas que mitad del casabe y guarda todos los restos para día del festín que se hace al final de esta diera; no sale mas que en la noche, y no ve a nadie por temor a oler a alguno lleno de uicu, o a alguien que esté comiendo pescado y este olor le podría tentar y hacer romper su ayuno, con lo cual la madre se pondría enferma, y el niño no sería valiente; finalizado el tiempo del ayuno, los mas ancianos del carbet eligen dos caribes de los más diestros para escoltar al ayunador, y el día señalado se le hace venir a la plaza pública; parece entonces un esqueleto, y allí se pone de pie, teniendo dos bellos casabes blancos, bien extendidos, a sus pies; mientras dos caribe le levantan en brazos, los maestros carniceros comienzan a desgarrarle la piel con dientes de agutí bien afilados y cortantes como lancetas; primero le dan cuchilladas muy cuidadosamente, después siguen por los hombros, los hombros hasta el codo, desde los codos hasta los puños y desde los tobillos hasta las rodillas, sin perjudicar las coyunturas; sufre este tormento, totalmente, sin decir palabra, pero no sin temblar, ya que después de tan largo ayuno carece del calor natural, y esta efusión de sangre lo enfría aún más ; su creencia es que sufren menos estando magros que gruesos ; en fin, le sacan tanta sangre que de un enfermo imaginario se convierte en un enfermo real. Esto no es nada; para acabar se le hace una salsa picante como el tamol y, con hojas de rucu, granos de pimán y jugo de tabaco con el cual le frotan las cortaduras y heridas, y en esta condición, todo sangrante como una victima del Diablo, se lo pone sobre un asiento embadurnado de rojo que le ha sido preparado; las mujeres le llevan de comer, y los viejos se lo ofrecen y meten en la boca como a un niño pequeño; le dan el casabe y el pescado en pequeños; el traga el casabe, pero escupe el pescado después de haberlo mascado, pues se enfermaría si hiciese tan buena comida de un golpe; le hacen beber igualmente, teniéndolo sujeto por el cuello, y cuando ha acabado de comer, los viejos reparten las dos piezas de casabe que este ayunador sacrificado ha atesorado, tirando los trozos por todos lados, que cada uno recoge con rapidez; sin embargo los dos que tenía a sus pies durante el sacrificio los debe comer, y con esta noble sangre que les ha caído encima se le frota la cara al niño, estimando que sirve mucho para mantenerlo generoso; cuanto mas testimonio haya dado el padre de paciencia, mas coraje tendrá el niño. Acabada esta ceremonia él se vuelve a su cama, donde permanece todavía algunos días.

Esto no es todo: por espacio de seis meses es necesario que se abstenga, no solamente por el primer nacido, sino todas la veces que sus mujeres tengan niños, de comer de distintos animales, para que los niños no participen de sus cualidades o defectos naturales; por ejemplo, si el padre come tortuga, el niño será torpe y no tendrá cerebro; si come papagayo, tendrá la nariz del mismo; si manatí, los ojos pequeños; y generalmente debe abstenerse de toda otra comida fuera de los cangrejos; el largo ayuno no se hace mas que al nacimiento del primer hijo; para los otros no se hacen más que cuatro o cinco días de dieta.

Las mujeres tienen gran cuidado de sus hijos; los llevan a todos lados bajo sus brazos, o en una pequeña cama de algodón que ellas llevan como si fuera un chal; jamás los envuelven en pañales, y cuando ellos están más robustos por la leche del pecho, ellas les mastican patatas, bananas y otras frutas, las que le dan como alimento. He hablado ya de su bautismo o imposición de nombre; están muy inclinados a comer tierra, a causa yo creo, de su humos melancólico; he visto a los grandes comer yeso con tanta satisfacción como si fuese azúcar.

Cuando los niños tienen cuatro o cinco años, los muchachos siguen al padre, y comen con él y las hijas con la madre; se crían tanto los unos como las otras, como verdaderos brutos; no les enseñan ni civilidad; ni honor; ni a decir siquiera buenos días, buenas tardes, o a dar las gracias; ellos los maltratan sin corregirlos, lo que los cría en un extraño libertinaje; toda su ciencia cuando son grandes es tirar con el arco, nadar, pescar y hacer pequeños cestos, y las hijas, camas de algodón; si un hombre está herido o enfermo, mandará a su hermano, o a su hermana o a algún pariente que se guarde bien de comer tal o cual cosa, ya que ello le haría aumentar su mal, aun cuando estén a cincuenta leguas de allí. Cuando una hija llega a núbil, ellos cuelgan su hamaca en la casa y la hacen ayunar diez días a casabe seco y un poco de uicu; si ocurriese que presionada por el hambre, la pobre muchacha cogiese por la noche cualquier trozo de casabe, ella no será más que una holgazana y no valdrá nada para el trabajo; pero si al algún otro, por piedad, le da un trocito, no valdrá menos por ello.

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Cuando quieren criar a alguno para ser capitán, el muchacho procura tener primeramente una cierta ave de presa que ellos llaman uachí, a la que alimentan hasta el día fijado para esta ceremonia; llegado ese día, el padre reúne a los más viejos del carbet, y presenta a su hijo sentado cobre un pequeño asiento, y después de haberlo animado a la venganza en contra de sus enemigos, toma el ave por las patas, la revolea, y se la estrella sobre la cabeza; y aunque le aturdan los golpes, es necesario que no manifieste ningún resentimiento, ni dolor, ni eche la menor lágrima; aquél le arranca el corazón al ave, todavía viva, y se lo hace masticar, con el fin de que tenga coraje para comer a sus enemigos; después se le escarifica la piel por todo el cuerpo, y se le lava y frota con este pájaro remojado en agua de pimán. Hecho esto se le cuelga una hamaca en lo alto de un pequeño bohío aparte, donde él ayuna algunos días, y no es una muchacha ni una mujer quien le lleva de comer, sino un hombre; de otra manera sería menos generoso. Hay algunos de ellos que a veces renuncian y dejan la partida a la mitad. Yo creo que si en Francia los recién casados, los médicos y los capitanes tuvieran que superar esta prueba y pasar este cedazo, no habría muchos con prisa por obtener el oficio.

Para los matrimonios no tienen gran ceremonia, y algunas veces los hombres hacen la elección y la petición, sin embargo, lo más frecuente es que las hijas sean ofrecidas por el padre o la madre. Hay quien sin pedirla ni decir una sola palabra se acuesta por la noche junto a la que le agrada; la pobre muchacha en un primer momento se retira, pero la madre que sospecha que el compañero la quiere tomar por mujer, le dice que es tiempo de casarse, aunque frecuentemente ella no tenga más que diez o doce años; en fin, mitad botín, mitad mercancía; ella acepta y he ahí que el matrimonio está hecho; a la mañana siguiente ella viene a peinar al señor delante de los otros, y le trae el matute y el casabe, y declaran por esta acción pública que ellos se han casado. Si el caribe busca una viuda, él le hace saber su voluntad y no le da más que tres días para decidirse y darle la respuesta.

Un viejo toma algunas veces a una joven, y una vieja sin dientes a un muchacho joven; tienen una gran diferencia por estas viejas hechiceras, y, aunque no hacen mas que chochear, ellos siguen sin embargo todos sus consejos; con comúnmente las amas en un carbet; se encuentran madres que prostituyen a sus hijas cuando ven que comienzan a crecer y que no se las toma lo bastante rápido como esposas, aunque por ello no tienen ninguna dificultad para desposarse. Hay quien se casa con su propia hija, y a veces con la madre y la hija; algunas veces con dos hermanas. Hay quien tiene hasta seis y siete mujeres en distintos lugares, y si no fuesen tan holgazanes, pues tienen que alimentarlas, tendrían más.

No hay que olvidar una ridícula costumbre que se practica cuando una mujer está embarazada; algunas veces un caribe pide la criatura la criatura al padre y a la madre, y en caso de que sea una hija, y si la madre se la prometió, aquel la marca, como a una bestia para el mercado, haciéndole una gran cruz sobre el vientre con rucu. Cuando la muchacha tiene siete u ocho años, comienza a hacerla dormir con él, para acostumbrarla de buen modo, aunque tenga otras mujeres; esta niña será reconocida como su sobrina.

La mujer no deja de vivir en el bohío de su padre después del matrimonio; y ella tiene más privilegios que el marido, pues puede hablar a toda clase de personas, y él no osa hablar a los padres de su mujer sin gran dispensa, sobre todo cuando no hay bebida en juego. Ellos evitan siempre el encuentro con éste. La madre le da una hamaca al yerno, y éste le hace un huerto. El está obligado a hacer los bohíos y algún otro pequeño trabajo.

Tienen pocos remedios para sus enfermedades; utilizan algunas hierbas comunes para las llagas, y al enfermo, aunque esté a punto de morir, no le dan otro alimento que el que acostumbraba a tomar cuando tenía salud. No tienen por él compasión alguna y lo abandonan como a una bestia. Ellos recurren al cemí, como ya habéis visto.

Tan pronto como un caribe ha muerto, las mujeres lo lavan, lo pintan, lo peinan y lo atavían en su hamaca, y le ponen bermellón en las mejillas y en los labios, como si estuviera vivo, y lo dejan allí; poco tiempo después lo lían en esta misma cama para enterrarlo. Hacen la fosa en el bohío, pues no entierran jamás a sus muertos al descubierto; lo ponen dentro, sentado sobre los talones y acodado sobre sus rodillas, o bien las manos cruzadas sobre el pecho, y la cara en alto. Les ponen dos pequeños canarys sobre los ojos a fin de que no vean a sus parientes y los hagan enfermar; un hombre lo cubre con un pedazo de madera y las mujeres tiran tierra encima; hacen fuego alrededor para purificar el aire y para que no tenga frío; queman todas sus ropas, y si tenía un negro, lo matan – si no escapa corriendo -, con el fin de que sirva a su amo en el otro mundo; también le entierran su perro para que lo proteja, busque a los que lo han matado, y capture lagartos para alimentarlo. Allí arrojan algunos canarys y utensilios. Después se ponen a gritar. Todo el carbet resuena en llantos y gemido, y es por la noche que su corazón se abre a los más tiernos sentimientos; se los ve danzar, llorar y cantar, al mismo tiempo, pero en un tono lúgubre. Ellos no dicen más que dos o tres palabras, que repiten frecuentemente, entrecortadas por los suspiros, como “por que has muerto?, estás vivo?, has carecido de mandioca?”, y vuelven a comenzar siempre la misma canción; o si él ha sido matado, dirán alguna cosa contra el matador, y las alabanzas del difunto; si tienen parientes en otros carbets, estos se reúnen para venir también a llorar; la viuda y su vieja bibi están presentes y reparten los caconnes de aquél, recrudeciendo su llanto; y para dar testimonio de su duelo, se cortan los cabellos.

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Ellos me han dicho que en otros tiempos quemaban los cuerpos de sus capitanes y mezclaban la ceniza con su bebida, pero ahora han dejado esa costumbre, porque ya no había hombres bravos, y ellos ya no valían nada. Algunos franceses me quisieron hacer creer que mataban a sus padres cuando éstos eran demasiado viejos, porque eran una carga e inútiles en este mundo; y que ellos consideraban que les rendían un buen servicio librándoles de la incomodidad y fastidio de la vejez; y que aquéllos frecuentemente lo deseaban; pero los caribes me han asegurado que ellos jamás han practicado esta costumbre, y en verdad, aman demasiado esta vida, como he hecho ver. Las danzas, que son las señales de regocijo, son también en este pueblo señales de duelo y de tristeza; ellos danzan más pausadamente y con un aire más lúgubre en sus funerales, pero en otras ocasiones, como en los eclipses de luna y de sol, y cuando la tierra tiembla, se contorsionan mucho. Danzan cuatro días y cuatro noches al claro de la luna; dicen que la tierra al temblar les quiere advertir que se porten bien, y ellos se ponen a hacer su mejor pantomima para solemnizar el hecho; se hacen máscaras de diversos colores y figuras, y se adornan con sus mas bellos trajes de baile, con sus ornamentos de cabeza, sus pendiente, de orejas, labios y nariz, con pequeñas conchas y cascabeles, con los que hacen tanto ruido que no se oyen las maracas, que son calabazas llenas de pequeños guijarros, que las viejas menean barboteando algunas palabras en un solo tono, sin tiempo ni medida. Tienen varias suertes de danzas, a imitación de los animales; ya danzan de pie separados en dos filas, los hombres de un lado, las mujeres del otro, mirándose y haciendo mil fingimientos y posturas de sátiro; luego se doblan hacia abajo, teniendo los dedos en la boca, y forman un círculo, y a cada estribillo se vuelven a levantar gritando; las mujeres son un poco más decentes y modestas; miran el movimiento de sus pies sujetándose los pechos, a veces levantan sus manos y sus ojos a lo alto, y para acabar se enderezan y se estremecen.

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